Blonde On Blonde - Bob Dylan
Los años más importantes de la carrera incomparable de Bob Dylan se podrían resumir de 1964 a 1966 no por menospreciar todos los clásicos restantes, pero en este periodo es en el que más experimento su composición, estilo e influencias siendo ciertamente Blonde on Blonde la culminación y agrupación de todo ello. Éste es probablemente su disco más rico instrumentalmente, haciendo uso de un excelente plantel de músicos que reunió para su grabación, entre los que destacan Robbie Robertson y otros integrantes que posteriormente pasarían a llamarse The Band, un grupo que probaría su valía en la historia de este arte.
Pero decíamos Blonde on Blonde es especial por la pasión, creatividad y musicalidad desbordante que lo integra. Pianos, órganos, guitarras, bajos, saxófonos y letras ordenados para ilustrar las simples composiciones de Dylan. Un músico que tranquilamente meció su pluma acompañado de una guitarra que jamás representó la mayor de las virtudes, pero que ejemplificaba el origen de composiciones que se transformarían en algo supremo. Tras el rígido recibimiento de Highway 61, que unos años después se consideraría una de las obras máximas en la historia de la música, Dylan no cayó retraído y, fuera de perder interés, fue a componer el álbum doble por excelencia Blonde on Blonde.
“I didn’t mean to treat you so bad / ... / I didn’t mean to make you so sad” es la forma en que desaparece toda la mitología que envuelve el nombre de Dylan y se escucha su versión humana, la real que expresa su arrepentimiento, su culpa, fruto de la reflexión que se vio forzado a hacer mientras revive una dolorosa escena que es la cerradura final de su memoria de una fresca ruptura “When I saw you say goodbye to your friend and smile / I thought that it was well understood / That you’d be comin’ back in a little while / I didn’t know that you were sayin’ goodbye for good” esta última palabra ahorca sus cuerdas vocales, no las deja escapar como analogía a como no deseaba dejarla escapar a ella. Es asombroso la carga emocional que tiene la canción y el seguimiento que hacen los instrumentos de ella, no toman la aproximación depresiva sino que es colorida, animada, motivamente, como si apoyaran a Dylan, como si trataran de animarlo y justo cuando más parece caer estallan en éxtasis con él, se alimentan uno a otro y para el coro es un festejo de que pronto superará la situación.
“I Want You” es la secuela lírica y emocional, en donde ya asimiló la situación, está consciente que se ha ido y está aprendiendo a lidiar con ello, al ritmo de tal vez la composición más agradable y digamos pop de Dylan en su carrera, melódica en todos los sentidos, guitarra, teclado, vocales, todo suena dulce y gusta a todos, excepto a él. Puesto que sigue aferrado a su anhelo por ella, y ello solo ahonda su vacío, lo cual expresa de un montón de formas creativas como señales de sus instrumentos “The lonesome organ grinder cries / The silver saxophones say I should refuse you / The cracked bells and washed-out horns / Blow into my face with scorn”. También narra de otra mujer que podría suplir el papel de su ex pero no le importa porque está claro a quien quiere y escuchar su determinación amorosa es por demás ameno.
“Stuck Inside a Mobile With the Memphins Blues Again” es una historia musical y narrada de siete minutos que no pierde emoción en ningún segundo y no es que varíe mucho en secciones pero su composición es maestra, la improvisación de los instrumentos, en especial de la batería da mucho movimiento a la canción. Y por supuesto Dylan, que en cada verso plantea una temática distinta que poco tiene que ver con la realidad y tal vez ni sentido se le encuentre pero te deja embobado y atento hasta que culmina cada uno conmocionado repitiendo: “Oh, Mama, can this really be the end / To be stuck inside of Mobile / With the Memphis blues again” con una frescura sin posibilidad a desgastarse. A algún despistado le podrá parecer repetitiva pero a un par de oídos receptivos le servirá como heroína.
La pieza con la que decide cerrar este monumental álbum es imprescindible, “Sad-Eyed Lady of the Lowlands”. Es una poesía de más de once minutos en la que se deshace de elogios hacia su amor, explora cada rincón de su mente por algún tipo de palabra o referencia que pueda llegar a describir a tan venerado ser y su entorno “With your silhouette when the sunlight dims / Into your eyes where the moonlight swims”. Las vocales de Dylan tienen vida propia ni siquiera se escucha consciente del momento, difícil decir si está más hechizado o enamorado o si sus significados han llegado a un punto de inflexión.
No mencionar a canciones como “Visions of Johanna” o “Just Like A Woman” es un sacrilegio, pero es una cuestión a la que te obliga un álbum como Blonde on Blonde, se puede hablar y leer de él pero para ver la pintura completa hay que poner el disco a girar.
Pero decíamos Blonde on Blonde es especial por la pasión, creatividad y musicalidad desbordante que lo integra. Pianos, órganos, guitarras, bajos, saxófonos y letras ordenados para ilustrar las simples composiciones de Dylan. Un músico que tranquilamente meció su pluma acompañado de una guitarra que jamás representó la mayor de las virtudes, pero que ejemplificaba el origen de composiciones que se transformarían en algo supremo. Tras el rígido recibimiento de Highway 61, que unos años después se consideraría una de las obras máximas en la historia de la música, Dylan no cayó retraído y, fuera de perder interés, fue a componer el álbum doble por excelencia Blonde on Blonde.
“I didn’t mean to treat you so bad / ... / I didn’t mean to make you so sad” es la forma en que desaparece toda la mitología que envuelve el nombre de Dylan y se escucha su versión humana, la real que expresa su arrepentimiento, su culpa, fruto de la reflexión que se vio forzado a hacer mientras revive una dolorosa escena que es la cerradura final de su memoria de una fresca ruptura “When I saw you say goodbye to your friend and smile / I thought that it was well understood / That you’d be comin’ back in a little while / I didn’t know that you were sayin’ goodbye for good” esta última palabra ahorca sus cuerdas vocales, no las deja escapar como analogía a como no deseaba dejarla escapar a ella. Es asombroso la carga emocional que tiene la canción y el seguimiento que hacen los instrumentos de ella, no toman la aproximación depresiva sino que es colorida, animada, motivamente, como si apoyaran a Dylan, como si trataran de animarlo y justo cuando más parece caer estallan en éxtasis con él, se alimentan uno a otro y para el coro es un festejo de que pronto superará la situación.
“I Want You” es la secuela lírica y emocional, en donde ya asimiló la situación, está consciente que se ha ido y está aprendiendo a lidiar con ello, al ritmo de tal vez la composición más agradable y digamos pop de Dylan en su carrera, melódica en todos los sentidos, guitarra, teclado, vocales, todo suena dulce y gusta a todos, excepto a él. Puesto que sigue aferrado a su anhelo por ella, y ello solo ahonda su vacío, lo cual expresa de un montón de formas creativas como señales de sus instrumentos “The lonesome organ grinder cries / The silver saxophones say I should refuse you / The cracked bells and washed-out horns / Blow into my face with scorn”. También narra de otra mujer que podría suplir el papel de su ex pero no le importa porque está claro a quien quiere y escuchar su determinación amorosa es por demás ameno.
“Stuck Inside a Mobile With the Memphins Blues Again” es una historia musical y narrada de siete minutos que no pierde emoción en ningún segundo y no es que varíe mucho en secciones pero su composición es maestra, la improvisación de los instrumentos, en especial de la batería da mucho movimiento a la canción. Y por supuesto Dylan, que en cada verso plantea una temática distinta que poco tiene que ver con la realidad y tal vez ni sentido se le encuentre pero te deja embobado y atento hasta que culmina cada uno conmocionado repitiendo: “Oh, Mama, can this really be the end / To be stuck inside of Mobile / With the Memphis blues again” con una frescura sin posibilidad a desgastarse. A algún despistado le podrá parecer repetitiva pero a un par de oídos receptivos le servirá como heroína.
La pieza con la que decide cerrar este monumental álbum es imprescindible, “Sad-Eyed Lady of the Lowlands”. Es una poesía de más de once minutos en la que se deshace de elogios hacia su amor, explora cada rincón de su mente por algún tipo de palabra o referencia que pueda llegar a describir a tan venerado ser y su entorno “With your silhouette when the sunlight dims / Into your eyes where the moonlight swims”. Las vocales de Dylan tienen vida propia ni siquiera se escucha consciente del momento, difícil decir si está más hechizado o enamorado o si sus significados han llegado a un punto de inflexión.
No mencionar a canciones como “Visions of Johanna” o “Just Like A Woman” es un sacrilegio, pero es una cuestión a la que te obliga un álbum como Blonde on Blonde, se puede hablar y leer de él pero para ver la pintura completa hay que poner el disco a girar.