Blackwater Park - Opeth
La ambición está entre lo más alto de las virtudes que debe poseer un músico para dejar su marca permanente y reconocible en este arte. Mikael Akerfeldt dedicó gran parte de su carrera a explorar los límites del metal progresivo, su bipolaridad y humanización, por ello es uno de los máximos representantes del género. El primer álbum en el que acertó en la proporción adecuada de caos, flujo y calma fue en Blackwater Park, material con la marca registrada de Opeth de intercalar secciones fulgurantes de ira con drásticos cambios a secciones acústicas de presencia fantasmal y malditas. Ese concepto en combinación de desarrollos puramente progresivos llevados por las variaciones de los ritmos centrales de guitarra son excitantes. Hacen vivir una locura proveniente de la mezcla de adrenalina, horror, expectación y pérdida, unida por el fuerte sentimentalismo de las notables vocales de Akerfeldt.
La brutal e inconsolable “Bleak” es una de las favoritas por su evolución y empatía, empieza entonada en quebrantos de agonía dramatizados en gritos y golpes de distorsión lentos pero penetrantes atormentados por chillidos agudos de guitarra que hacen eco a memorias lastimosas. Dentro de esa claustrofobia de la que parece no existir salvación entre ruido, riffs y ladridos, ocurre la genialidad de abrir los acordes, limpiar las vocales y esclarecer las palabras en una eufórica resolución que libera la amargues contenida anteriormente y la transforma en una dulce gris redención, que conserva la violencia pero la apunta de adentro hacia afuera.
Un gran álbum no se fía de una sola fórmula y Akerfeldt encontró en un estilo tan complicado como el que practica, la cantidad de variables suficiente para moldear sus ideas y emociones en un sin fin de posibilidades. Virtud de la que se sostuvo para variar las composiciones que por lo general comparten una temática similar y mantener su relevancia. Sea en canciones acústicas como “Harvest” o en las agitadas como “The Drapery Falls”, la esencia es la misma, ventaja de tener al mismo compositor a cargo de ambas secciones y a partir de esa brecha, Akerfeldt fundó el sello distintivo de su técnica y personalidad que llegaría a influenciar y nutrir a un género con tan pocas figuras emblemáticas.
La brutal e inconsolable “Bleak” es una de las favoritas por su evolución y empatía, empieza entonada en quebrantos de agonía dramatizados en gritos y golpes de distorsión lentos pero penetrantes atormentados por chillidos agudos de guitarra que hacen eco a memorias lastimosas. Dentro de esa claustrofobia de la que parece no existir salvación entre ruido, riffs y ladridos, ocurre la genialidad de abrir los acordes, limpiar las vocales y esclarecer las palabras en una eufórica resolución que libera la amargues contenida anteriormente y la transforma en una dulce gris redención, que conserva la violencia pero la apunta de adentro hacia afuera.
Un gran álbum no se fía de una sola fórmula y Akerfeldt encontró en un estilo tan complicado como el que practica, la cantidad de variables suficiente para moldear sus ideas y emociones en un sin fin de posibilidades. Virtud de la que se sostuvo para variar las composiciones que por lo general comparten una temática similar y mantener su relevancia. Sea en canciones acústicas como “Harvest” o en las agitadas como “The Drapery Falls”, la esencia es la misma, ventaja de tener al mismo compositor a cargo de ambas secciones y a partir de esa brecha, Akerfeldt fundó el sello distintivo de su técnica y personalidad que llegaría a influenciar y nutrir a un género con tan pocas figuras emblemáticas.